En la mañana Gal salió temprano y nosotros nos preparamos para salir a medio día. Hacía un calor de mierda para variar, pero harto más soportable que los días anteriores. Desayunamos nuestro típico cafecito nespresso y yogur con frutas. Salimos tipo 11:30 a la estación de buses con Idan y allí nos despedimos ya que él iba a Tel Aviv para el cumpleaños de su abuela. Fue triste despedirnos del compadrito, quizás más de los que esperábamos, probablemente porque les agarramos harto cariño y fueron muy pulentos al invitarnos a Jerusalem.
Nosotros tomamos el bus con la idea de bajarnos en un pueblo que se llama Ein Gedi y primero ir a un ‘río’ que tiene algunos saltos bonitos antes de bañarnos en el mar muerto. Era sobre todo para pasar el calor de mediodía y aprovechar de remojarnos un poco. Pero no contábamos con que eso estaba a 7 km del pueblo y no nos bajamos en la parada adecuada…! Obviamente cuando cachamos quedamos para la caga, nos tuvimos que bajar en la parada siguiente y ahí nos enteramos que tendríamos que esperar como 1 hora para el bus siguiente, pero quizás el parque ya habria cerrado, etc etc. Además había como 40 grados, el aire era denso y el sol pegaba duro como un martillo, así que el día de la corneta íbamos a caminar 7 km hasta las cascadas. Terminamos enteros estrenados, peleados y moribundos, pero aún así decidimos ir a hacer dedo.
Mientras caminábamos al camino (que estaba como a 10 min a pata de la parada de bus) pasó un viejo raro en auto y la Spatsy lo paró para que nos lleve. Era un jeep estilo militar, sin puertas ni techo, el viejo solo estaba usando un short (nada de zapatos ni polera) y tenía un perro gigante sentado en la parte de atrás. No hablaba muy bien inglés pero nos pregunto si éramos judíos. Al decirle que no, puso una cara de leve decepción, pero una pequeña luz en su interior lo hizo alegrarse un poco y decirnos: “Pero de todas maneras son buenas personas, verdad?”. A pesar de estar medios enojados mutuamente y moribundos nos cagamos de la risa internamente. El señor nos dejó a la entrada del parque nacional donde estaba el río y nos dijo que cuando saliésemos, él iba a andar por ahí y después nos llevaba a la mejor playa para meterse al mar muerto. Afortunadamente nunca más lo vimos jaja.
El parque era lindo, pero nada tan especial. Quizás era porque se parece a algunas parte de Chile y no era algo tan sorprendente para nosotros. De todas maneras caminamos por el sendero y encontramos un lugarcito con sombra para comer nuestras ensaladillas de almuerzo y mojar las patitas en el río. Habíamos llevado una ensalada de fideos, pepino, aceitunas y jamón, mientras que la otra era de tomate con feta y un poco de jamón. Estaba muy muy rico, el agua del río era “heladita” y era muy rica la sensación de remojarse ahí mientras fuera del agua hacían cerca de 40 grados. Estuvimos un buen rato ahí echados, vimos como se nos acercaban las hormigas porque teníamos comida y les pusimos un pedacitos de pepino lejos nuestro para distraerlas. Fue entretenido ver como se organizan para ir a atacar un pedacito de comida: Primero una lo encuentra, se queda mirándolo como dos minutos. Después se va y vuelven unas cuatro hormigas a repetir el mismo proceso. A los 10 minutos tienes un centenar de hormigas rodeando un pedacito de pepino, mirándolo y acercándose lentamente. Después de unos 5 minutos más algunas se suben encima y se pasean. Nunca supimos si comieron algo o estaban puro weveando, pero antes de irnos las aplasté con una piedrita.
Seguimos subiendo por el sendero y nos topamos con hartas pozas que se formaban, algunos saltos de agua muy bonitos y un montón de gringos medios retrasados que no saben hablar sin gritar. Decidimos bajar tipo 17:30 y tratar de hacer dedo para llegar al lugar donde hay una playa habilitada para meterse al mar muerto. El problema es que estaba como a 25 kilómetros. Nos pusimos en el paradero de bus a hacer dedo a cada auto que pasaba, pero durante 15 minutos no tuvimos éxito. De repente pasa un auto de pacos que para al lado nuestro y nos pregunta si hay algún problema. Les explicamos que tutto bene y que queríamos llegar hasta la susodicha playa, a lo que sorprendentemente respondieron que nos subiésemos y que ellos nos llevaban. Tuvimos una suerte caballa, hombre.
Los compadres hablaban un inglés como la callampa, pero lográbamos comunicarnos más o menos. Eran muy simpáticos y nos contaron hartas cosas del paisaje, del mar muerto, de Masada, un par de chistes y que uno de ellos era judío y el otro musulmán. Además de todas esas amables cosas nos hicieron un interrogatorio pseudo policial camuflado e iban anotando nuestras respuestas en una tablet. “De adónde vienen?”, “Hay muchos musulmanes en Chile?”, “Son pareja?”, “Donde se quedan en Jerusalem”, Etc etc etc etc…. En un momento tuvimos que parar en seco porque los autos de adelante pasaban muy lento al lado de algo gigante y raro que estaba en la mitad de la carretera. Obviamente era labor de los pacos lidiar con este problema, así que el paco conductor se bajó, agarró el objeto (que resultó ser un colchón de espuma gigante) y le dio su merecido, tirándolo al costado de la carretera y prosiguiendo nuestra ruta hasta la playa muerta.
Nos dejaron al lado de la estación de policía que resultó estar al lado del acceso a la playa. El lugar se llama Ein Bokek y es una especie de playa artificial con arena muy falsa, rodeada de hoteles grandes y fancys. La arena estaba hirviendo y afortunadamente encontramos unas sombrillas para echarnos. Estaba bien vacío, así que dejamos nuestras cosas y nos fuimos a flotar al mar muerto. El agua estaba hirviendo y no era algo demasiado agradable, contrario a lo que uno pensaría. La primera impresión fue que era igual que cualquier agua de mar, pero al darse un par de vueltas y levantar las piernas te das cuenta que flotas harto y que el agua se siente mucho más pesada que de costumbre. Nos ardieron un poco las picadas de zancudo y a mí otra parte arrugada cuyo nombre no mencionaré. Al salirnos del agua estábamos con las sales en el cuerpo aún, se sentía jabonoso o aceitoso. Nos fuimos corriendo a las “duchas” que había al lado de la playa y nos enjuagamos. Repetimos el proceso después de descansar una media hora y aprovechamos de sacarnos fotos y videos mutuamente.
Para volver fuimos al paradero de bus y tuvimos que esperar más de una hora. Mientras esperábamos conocimos a una pareja de gordos gringos/iraníes que nos contaron que en Irán se habla persa y que es muy distinto del árabe. La gordita estaba retando a su gordito porque se había demorado mucho en el baño del hotel y se asustó con la idea que perderían el bus. El gordito por su parte estaba confusamente afligido y enojado porque no alcanzó a vaciar su estómago y tuvo que conformarse con hacer pipí, ya que su gordita lo apuraba a muerte.
En el viaje de vuelta dormimos un poquito, pasamos cerca del barrio ortodoxo judío (vimos a toda la gente vestida de maneras bastante primitivas) y caminamos hasta la casa de Gal tapándonos con la toalla, ya que hacía un poco de frío. Galcy nos había esperado con un curry de verduras que no estaba tan bueno y tuvimos nuestra última cena (claramente Jesús, el falso profeta, no estaba en ella).